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Blas de Lezo AHC

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Blas de Lezo en el Desarme de Oviedo

Crónica del desarme de Oviedo (I)

Posted on 30/10/2024

Una nueva cita llamó a nuestra puerta. Las tropas isabelinas reclamaban nuestro servicio en la primera guerra carlista, conocida como el Desarme de Oviedo, en la ciudad asturiana del mismo nombre. Necesitaban a la magnífica artillería y a la extraordinaria Infantería de Marina. No podíamos dejar a la capital astur en manos de los partidarios del príncipe Carlos, y nos pusimos en marcha. Una pequeña avanzadilla se puso en camino el jueves, para entre otras cosas, llevar el cañón, aunque su nombre real es obús (por el tamaño y la trayectoria del disparo), reconocer el terreno de los combates y buscar negocios locales donde poder saciar el hambre y la sed que nos darían las refriegas.

A lo largo del viernes fueron llegando el resto de valientes que pondrían su vida en peligro por lograr la victoria y se reunieron alrededor de una mesa degustando deliciosos manjares y mejores caldos de la tierra, a la vez que se planeaba la estrategia a seguir en los diferentes momentos de las contiendas. Con el estómago lleno y el trabajo de campaña hecho, nos retiramos a descansar, pues la guerra parecía que iba a ser dura y necesitamos que nuestras energías y nuestros sentidos estén al máximo, ya que el enemigo puede asomar por cualquier esquina en cualquier momento.
A primera hora de la mañana, cuando el astro rey aún se estaba despertando, una dotación del Instituto Armado hizo acto de presencia en el campamento para comprobar que todo estaba en regla y acorde a la Ley. Por cierto, les encantó nuestro “pequeñín”.
A pocos pasos de allí, los soldados acampados abrían sus ojos al olor del café recién hecho. El primer día de el Desarme de Oviedo había comenzado.
Rondando el mediodía, todas las tropas, a paso maniobra y a través de un antiguo túnel de tren de las minas de carbón, se dirigieron hacia la catedral. Tras unos minutos de tertulia con camaradas y gente civil, nos ponemos en formación para acudir a la plaza de la Constitución, donde tras ser presentados brevemente cada una de las tropas, nos ubicamos en nuestro lugar asignado para oír la proclama, el himno nacional, interpretado por la banda de música de la cofradía de estudiantes, y presenciar la ofrenda floral a cargo de la Cofradía del Desarme. Dos salvas, una de ellas a cargo de las tropas liberales y otra a cargo de las tropas carlistas, dieron por finalizado el evento en esa ubicación. Desfilando a ritmo de tambor, volvimos a la plaza de la catedral donde hubo un pequeño enfrentamiento de fusilería en formación.

El alto mando ordenó romper filas y tuvimos un par de horas de esparcimiento. El buen trato recibido por los empleados de la taberna que anoche albergó nuestra reunión, hizo que la gloriosa tropa de Blas de Lezo volviera al mismo emplazamiento. No nos equivocamos. El trato fue, de nuevo, exquisito.
Una sala de exposiciones se convertiría en un gran comedor donde mesas y bancos corridos serían ocupados por soldados, que entre risas, comentaban anécdotas anteriores hazañas acontecidas en Desarme de Oviedo y de otras batallas pasadas, mientras degustaban el menú que el jefe de cocina había mandado hacer: un plato de hidratos de carbono convertidos en pasta y otro de proteínas en forma de carrilleras con fruta y omega 3 en los postres. Si la que siempre gana ponía su huesudo dedo en nuestro hombro y veíamos el brillo metálico de la guadaña, al menos nos iríamos al otro mundo con una buena última comilona a nuestras espaldas.
Tocaba velar armas mientras los oficiales pulían los últimos detalles. La suerte está echada. Alea Jacta Est, como diría Julio César.

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